Mücahit Özden Hun

El destino cartográfico de los kurdos: La verdadera historia de Sykes-Picot

Este ensayo explora el Acuerdo Sykes-Picot, desmitificando su papel en la división kurda y argumentando que la fragmentación fue más un reflejo de la desunión interna kurda que una imposición externa.

Introducción: Un siglo en el que los mapas se convirtieron en destino

A mediados de 1916, se firmó un acuerdo secreto entre Londres y París. El diplomático británico Mark Sykes y el representante francés François Georges-Picot se sentaron a la mesa para dividir los territorios otomanos después de la guerra. Esa mesa, con unos pocos trazos de pluma sobre papel, determinaría el próximo siglo de Oriente Medio.

Este acuerdo pasó a la historia como el Acuerdo Sykes-Picot. Las fronteras, delimitadas con líneas rojas y azules en los mapas, trazaron el destino no de imperios, sino de pueblos. Pero, a diferencia de la mayoría de las narrativas, no había ningún representante "kurdo" en esa mesa.
Ni un estado, ni una delegación, ni un portavoz que hablara con una demanda nacional.

A pesar de ello, Sykes-Picot fue narrado en las generaciones posteriores como un "mito de división" en la historia kurda.
"Un pueblo dividido en cuatro partes."
Pero la verdad histórica no es tan simple. Porque los kurdos no se dividieron en esa mesa; ya no habían podido sentarse juntos en ella.

La historia de un mapa

El acuerdo Sykes-Picot fue, en realidad, un documento de intenciones que determinaba el reparto de los territorios otomanos entre las dos grandes potencias de la época: Gran Bretaña y Francia. En aquellos días, la guerra aún continuaba; el ejército otomano aún no había sido derrotado. Pero las potencias europeas ya estaban planeando "el después".

Según el acuerdo:

  • Mesopotamia y la región de Basora serían para Gran Bretaña.
  • Siria y Líbano serían para Francia.
  • La zona montañosa habitada por los kurdos quedó fuera de la "esfera de influencia".
    Es decir, no estaba en el centro del reparto, sino en el vacío.

Esta situación reveló una de las mayores deficiencias en la historia de los kurdos:
La falta de representación.
En aquellos años, los kurdos no estaban gobernados por un único centro político, ni habían logrado formar un lenguaje político común. Las tribus, los beylicatos, los jeques de las órdenes sufíes y los líderes locales eran poderosos en sus propias regiones, pero estaban lejos de la idea de una unidad nacional.

¿Por qué los kurdos no estaban en el mapa?

La respuesta a esta pregunta es amarga pero cierta: Porque en 1916, los kurdos no eran una "nación" en la escena histórica, sino una "suma de fuerzas locales".
En Diyarbakır hablaba un líder, en Suleimaniya otro jeque, en Urmía otro agha.
Ninguno representaba al otro.
Esta estructura fragmentada convirtió a los kurdos, a los ojos de los diplomáticos europeos, no en un "elemento independiente en el mapa", sino en un pueblo colchón entre las potencias circundantes.

En el mismo período, los árabes habían contactado con los británicos; Faysal y Sharif Hussein habían expresado la idea de un estado árabe. Los armenios habían formado poderosos lobbies en el Cáucaso y Europa.
Los kurdos, sin embargo, no pudieron hacer oír una voz efectiva ni en Estambul, ni en Londres, ni en París.

Este silencio sería recordado en el siglo siguiente como "división".
Sin embargo, ni siquiera había una unidad que dividir.

¿Qué no fue Sykes-Picot?

Hoy en día, en muchas narrativas, el acuerdo Sykes-Picot se presenta como la causa de la división de los kurdos en cuatro estados.
Esto no es cierto.
Sykes-Picot fue solo un plan diplomático que dividió las regiones post-otomanas.
Antes de que este plan se implementara, la guerra terminó, los equilibrios cambiaron y los mapas se redibujaron.

La verdadera división se hizo permanente con el Tratado de Lausana (1923) y el Acuerdo de Ankara (1926).
Es decir, lo que dividió a los kurdos en cuatro países no fue la pluma de Sykes-Picot, sino el nuevo orden mundial establecido después de la guerra.

Sin embargo, la importancia simbólica de Sykes-Picot fue grande: porque ese mapa fue el símbolo de la "ignorancia" de los kurdos en la política mundial una vez más.

Una historia romántica: "Kurdistán dividido"

Durante un siglo, en la literatura kurda, Sykes-Picot se narra como "el comienzo de la traición".
Los diplomáticos europeos que dibujaron el mapa dividieron a un pueblo; los kurdos se perdieron entre esas líneas…
Esta narrativa es emotiva, pero no explica la verdad por sí sola.

La verdad es que, en aquella época, ni siquiera los líderes más poderosos de la sociedad kurda podían hacer oír su voz fuera de sus propias regiones.
Simko Shikak inició una revuelta en Urmía; pero Suleimaniya no lo reconoció.
Sheikh Mahmud Barzanji luchó contra los británicos; pero los kurdos del norte permanecieron en silencio.
Los resistentes del Ağrı Dağı no pudieron cruzar la frontera turca; no pudieron contactar con las tribus de Irán.

Es decir, la división de los kurdos en cuatro partes en el mapa fue, en realidad, el reflejo geográfico de una división mental y política.

El error estratégico de los kurdos: La búsqueda de la salvación en el exterior

Una de las costumbres más persistentes en la historia kurda es buscar la salvación en potencias externas.
En el siglo XIX se esperó en los rusos, en el siglo XX en los británicos, en el siglo XXI en las intervenciones estadounidenses.
Cada vez el resultado fue el mismo:
Las grandes potencias utilizaron a los kurdos para sus propios intereses, y cuando el trabajo terminó, recogieron la mesa.

Durante el período Sykes-Picot, se vivió una situación similar.
Los kurdos pensaron que los británicos les habían "prometido la independencia", pero esta promesa nunca fue tomada en serio.
Porque el objetivo de Gran Bretaña eran las regiones petroleras, no el destino de los pueblos de las montañas.

"Los kurdos, durante un siglo, han buscado su destino en los mapas de otros."

La verdadera división: No en la tierra, sino en la sociedad

Hoy ha pasado un siglo desde Sykes-Picot.
Las líneas del mapa siguen ahí, pero las divisiones en la sociedad kurda son mucho más profundas.
Diferencias de idioma, secta, política, región…
Los kurdos que hablan kurmanji, sorani, zazaki tienen dificultades para entender las palabras de los demás.
Las identidades sunita, aleví, yazidí, chiita a veces dificultan incluso la discusión de un futuro común.

Por lo tanto, la verdadera división no se vive en esas líneas, sino en la forma en que las personas se ven entre sí.
La unión de un pueblo comienza con la unión de los corazones y las ideas, antes que con la unión de las tierras.

De Sykes-Picot a hoy: La misma pregunta, nuevas condiciones

Entender Sykes-Picot es entender las preguntas que enfrentan los kurdos hoy.
Los kurdos, como hace un siglo, todavía viven dentro de las fronteras de cuatro países.
Pero esta vez la situación es diferente:
Ahora pueden recibir educación en su propio idioma, establecer instituciones culturales y tener administraciones regionales.

Es decir, no todos los períodos de la historia se repiten de la misma manera.
Sykes-Picot no fue un acuerdo que "dividió" a los kurdos, sino un punto de inflexión que los despertó.
Quizás los mapas no cambiaron, pero las mentes comenzaron a cambiar.

Conclusión: Leer la realidad, no el mapa

La historia de Sykes-Picot es, en realidad, una advertencia.
Cuando un pueblo deja su futuro en la mesa de otros, el resultado es siempre el mismo.
Por eso, la tarea principal de los kurdos de hoy no es refugiarse en los mitos del pasado, sino cuestionar esos mitos.

"Los que dibujaron el mapa fueron los británicos, pero lo que hizo que esas líneas fueran permanentes fue el propio silencio de los kurdos."

El destino cartográfico de los kurdos ya no está en manos de las plumas, sino en su propia voluntad.
Si algún día realmente se unirán, esta unión no será con la tierra, sino con una conciencia común.

Y cuando llegue ese día, las líneas de Sykes-Picot quedarán en las páginas polvorientas de la historia.

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