La historia del CHP no cabe en ningún asiento
El autor argumenta que el CHP, fundado en 1923, es una tradición política arraigada que encarna la voluntad fundacional de Turquía y sus luchas democráticas, y que sus crisis internas trascienden las meras disputas por el liderazgo.
Estimados lectores,
El CHP, fundado el 9 de septiembre de 1923, es una tradición política arraigada que encarna la voluntad fundacional de Turquía, los dolores de la transición a la vida multipartidista, la vida política interrumpida por golpes de Estado, las luchas por la democracia y la voluntad de levantarse de nuevo.
Por esta razón, cada gran conflicto interno en el CHP no puede verse solo como una carrera por la presidencia. Tales crisis trascienden los muros del partido; afectan directamente la esperanza de millones de votantes, el futuro de la oposición en Turquía, la credibilidad de la socialdemocracia y la búsqueda de la democracia en el segundo siglo de la República.
Hoy, el problema que enfrenta el CHP es mayor que la cuestión de quién tiene más razón, quién es más fuerte, quién tiene más delegados, firmas o ventajas legales.
La verdadera pregunta es: ¿El CHP cargará con el peso de las ambiciones personales o con la esperanza democrática de Turquía?
La dura lucha entre Deniz Baykal y Mustafa Sarıgül en el pasado reveló la tensión entre la demanda de cambio en el partido y los hábitos de liderazgo. La crisis actual, que se vive bajo otros nombres y otras condiciones, vuelve a plantear la misma pregunta fundamental: ¿Podrá el CHP gestionar las demandas de cambio internas con madurez democrática, o cada búsqueda de cambio se convertirá en una nueva ruptura?
En los partidos políticos hay competencia. Hay congresos, surgen candidatos, cambian las direcciones, chocan las ideas. Estas son partes naturales de la democracia. Pero si la identidad institucional comienza a ser aplastada por la lucha por el poder personal, entonces hay que hablar de un desgaste histórico.
Por lo tanto, la tarea del CHP hoy no es magnificar los resentimientos, sino asumir la responsabilidad del futuro. Debe producir respuestas con una mente socialdemócrata a todos los graves problemas de Turquía, desde la pobreza del pueblo, la desesperanza de los jóvenes, la lucha de las mujeres por la igualdad, la búsqueda de justicia de los trabajadores, hasta la cuestión kurda y los debates sobre el laicismo.
El camino para ello pasa primero por ser justo, democrático, transparente e institucional dentro de sí mismo.
El CHP no puede prometer justicia a Turquía sin antes asegurar la justicia dentro de sí mismo. No puede dar esperanza de democracia a Turquía sin operar la democracia dentro de sí mismo. No puede convertirse en una alternativa de poder que inspire confianza en la sociedad sin anteponer su identidad institucional a las luchas personales.
En medio de problemas tan graves, que el CHP gaste su energía en conflictos internos no solo daña al partido, sino también a la esperanza democrática de Turquía.
Sin embargo, hay una salida.
Si las partes lo desean, pueden superar los resentimientos personales y las tensiones actuales. En lugar de una disputa que desgastará aún más al partido y polarizará a los miembros, pueden mostrar una madurez que será un ejemplo para Turquía.
Hoy, en el CHP se necesita una mente común que resalte los aspectos constructivos de las partes, proteja el honor mutuo y priorice la integridad del partido. Esta mente común debe abrir un camino nuevo y confiable, sin ignorar a nadie, sin negar el esfuerzo de nadie.
En la memoria del CHP hay nombres que llevan este peso. Socialdemócratas experimentados como Murat Karayalçın y Hikmet Çetin, recordando también el legado de la política mesurada, racional e institucional representada por el difunto Altan Öymen, pueden asumir hoy una importante responsabilidad. Su intervención y la de figuras respetadas similares, para unir a las partes en un terreno común y proponer un proceso constructivo que proteja al CHP de una ruptura mayor, se ha convertido en una tarea histórica.
Tal proceso no debe ser un arreglo en el que una parte prevalezca sobre la otra. Debe considerarse un camino transitorio y conciliador que respete conjuntamente el honor del partido, la voluntad del congreso, el orden legal, el esfuerzo de la organización, la confianza de los votantes y la responsabilidad socialdemócrata.
Si es necesario, se debe trabajar en un calendario de transición neutral, un proceso de congreso que inspire confianza, una declaración de principios comunes y un mecanismo democrático que recupere al partido en poco tiempo.
Aquí el objetivo no es declarar quién ganó, sino evitar que el CHP pierda su fuerza.
El objetivo no es purgar a una persona, sino levantar de nuevo al partido.
El objetivo no es magnificar las cuentas del pasado, sino hacer que la socialdemocracia vuelva a ser una opción creíble en el segundo siglo de la República.
La frase que debe decirse hoy con la voz más alta es: El CHP no debe ser visto como propiedad personal de nadie.
Ningún presidente, ningún expresidente, ningún equipo, ninguna facción, ningún cargo puede estar por encima de este legado histórico que se ha transmitido desde 1923. Las personas van y vienen, los presidentes cambian, se celebran congresos. Pero si la memoria institucional de un partido se daña, repararla lleva años.
Lo que el CHP necesita hoy es madurez institucional.
Frente a una tarea histórica como esta, es inaceptable que el CHP se encierre en sí mismo, enfrente a sus propios hijos y sumerja a sus votantes en la desesperanza.
Lo que hay que hacer hoy no es una carrera de lealtad a las personas, sino un llamado a la lealtad a la institución.
Todo aquel que sienta afecto por el CHP, sin importar a qué nombre esté más cerca, debe ver esta verdad: la verdadera grandeza de un partido se mide por su capacidad para protegerse en momentos de crisis. Ganar un congreso es importante; proteger la ética institucional es más importante. Sentarse en la sede central es importante; tener legitimidad en la conciencia de millones es más importante.
La memoria histórica de Turquía nos enseña esto: cuando las instituciones se debilitan, las democracias también se debilitan. Cuando la política queda atrapada en la sombra de las personas, el horizonte de la sociedad se estrecha.
En el segundo siglo de la República, el CHP debe producir respuestas con una mente socialdemócrata a todos los graves problemas de Turquía, desde la pobreza del pueblo, la desesperanza de los jóvenes, la lucha de las mujeres por la igualdad, la búsqueda de justicia de los trabajadores, hasta la cuestión kurda y los debates sobre el laicismo.
El camino para ello pasa primero por ser justo, democrático, transparente e institucional dentro de sí mismo.
Hoy, el CHP tiene dos caminos por delante.
El primer camino es la profundización de los conflictos personales, el desgaste mutuo de las partes y el aplastamiento del peso histórico del partido bajo las disputas actuales.
El segundo camino es la intervención de la madurez socialdemócrata, la razón institucional, la responsabilidad mediadora de figuras experimentadas y la voluntad de un futuro común.
El CHP debe elegir el segundo camino.
Porque la cuestión no es solo el presente del CHP, sino el futuro de la socialdemocracia en Turquía.
La cuestión es si una línea política popular, democrática, laica, libertaria y justa puede sobrevivir en el segundo siglo de la República.
Por eso, todos deben dar un paso atrás y hacerse la siguiente pregunta:
¿Confiaremos este partido a ambiciones personales o lo prepararemos para el futuro democrático de Turquía?
La historia del CHP es demasiado grande para caber en los hombros de una sola persona, y su identidad institucional es demasiado valiosa para quedar a la sombra de cualquier cálculo personal. La tarea más importante es levantar de nuevo la idea de un futuro socialdemócrata que cure las heridas de Turquía. Porque el CHP no es el nombre de personas, sino de una responsabilidad histórica.
Atentamente. Mücahit Özden Hun